martes, 14 de diciembre de 2010

Libro de Leonardo Garnier


Hay algo mágico en la palabra, algo misterioso y difícil de entender y que, sin embargo, todos, en el fondo, comprendemos: la palabra nos pertenece pero, al mismo tiempo, le pertenecemos. “Palabra, voz exacta y sin embargo equívoca – dice Octavio Paz; obscura y luminosa; herida y fuente: espejo.” Y agrega en primera persona: “Contra al silencio y el bullicio invento la Palabra, libertad que se inventa y me inventa cada día.”

Es con la palabra que nos explicamos, como el Bruno de José Luis Sampedro, que así intenta abrirse a su nieto de dos años ¿o a sí mismo?: “Sí, el golpe en la tripa es el mejor contra el enemigo. Pero ¿quién es el enemigo? ¡Yo tenía bien claro que los tedescos! Pues no: resulta que la hermana de Hortensia está casada con uno, de Munich, y tan feliz, siete hijos nada menos. Un hombre tan buenísimo que lo metieron cuando Hitler en un campo de concentración, ya ves. Y si se me hubiera puesto por delante en la montaña con su maldito uniforme, pues me lo hubiese cargado…”

Es por la palabra que los otros, esos extraños, dejan de serlo. “Quizá habría sido más sencillo y más cómodo para los dos que yo le hubiese dado una limosna; pero no supe cómo hacerlo – nos cuenta Antonio Gala. Lo encontré mientras abría la puerta de mi casa, en la acera. Inconscientemente le pregunté: ‘¿Quiere usted entrar?’ Vaciló un segundo y contestó: ‘Con mucho gusto’.”

Y es también desde la palabra, juguetona y truculenta, que nos confrontamos cotidianamente con nuestros otros, sufriéndolo… o gozándolo como el Vadinho de Jorge Amado: “Pero miren quién está aquí: mi santa suegrecita, mi segunda madre, este corazón de oro, esta cándida paloma. Y esa lengüecita, ¿cómo está?, ¿bien afilada? Siéntese aquí, mi santa, junto a su yernecito querido, y pongamos al sol todos los trapos sucios de Bahía…”

Pero ojo, que es también la palabra la que nos abre la puerta a ese diálogo exclusivo que establecemos con nosotros mismos – y digo diálogo con plena conciencia – y al que nunca tienen acceso los demás que, como intuye Yourcenar en su Alexis, “ven nuestra presencia, nuestros ademanes, nuestra forma de formar las palabras con los labios: sólo nosotros podemos ver nuestra vida. Es extraño: la vemos, nos sorprende que sea como es y no podemos hacer nada para cambiarla. Incluso cuando la estamos juzgando estamos perteneciéndole; nuestra aprobación o nuestra censura forman parte de ella; siempre es ella la que se refleja en ella misma.”

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